09 diciembre, 2010

La ingestión de porvenires.

No tendría mucho sentido hablar de lo pretérito.
Tampoco lo tiene hablar del futuro aunque si se acierta siempre uno puede
anotarse el tanto de la casualidad.

No tiene sentido extenderse en malhumoradas intenciones,
ni ser el escéptico quejica que de aspiraciones se ahoga y genera un orden fijo.

Mejor en cierto modo pero no sé yo hasta qué punto
tienen sentido en la ira la añoranza
tatuarse el olvido con recuerdos
o dicho con retórica
re-contarse la pre-historia para que suceda de otro modo.

No tiene por lo pronto mucho sentido, el sentido sin sensibilidad.

Tampoco tiene sentido un hoy raruno y un mañana donde haces falta
un insomnio que adormece y una invalidez mental en el proceso.
Menos sentido tiene que te diga hoy te quiero y mañana
juntos
pateemos el universo.

Entonces, si todo esto es así, a relajarse.
Si aceptamos los sinsentidos que se cruzan como ojos de un vidriero,
se nos hace liviana la ingestión de porvenires
nos alivia de ignorancia y se destensa la tangente cuerda del alma.

Se deshace la obligatoriedad de la perfección en el volúmen
se pierden en el camino los falsos argumentos,
se nos queda una verdad
desnudita y temblorosa.

Si por el contrario le damos sentido al sinsentido
empezamos a inventarnos las reglas de un nuevo juego,
ése que solo es suyo y mío, o mío más que suyo, o suyo al fin y al cabo.
Entre suspiros y cariños nacen dos o tres acuerdos
imposibles de cumplir pero qué bonitos por qué no dejarlos en eso, bonitos.

Se nos crece la tontería y el jadeo
se llena de interrogantes el supermercado y un día de letargado aburrimiento,
merma la voluntad y nos da por la autocrítica.

Llegado ese momento comenzamos a hablar de lo pretérito
del futuro del exceso
se nos malhumoran las intenciones...
por qué no, sin sentido.

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